Aunque suele asociarse el otoño con la muerte de las hojas y la resequedad de la tierra y las plantas, en nuestra región del mundo la cosa no funciona así: hay flores —y frutas— todo el año. Y las hay de muchos colores y formas, de varias fragancias y de multitud de significados.
A veces, cierto es, no valoramos el colorido que nos ofrece la tierra.
Y si algo destaca del Día de Muertos es el colorido que le brindan las flores, colocadas minuciosamente sobre los altares y las puertas; destacando a la más representativa de esta tradición: el cempasúchil. Y no sólo porque su aroma no se parece al de ninguna otra flor, o porque su color naranja tiene un tono inconfundible; sino porque en la tradición es ésta y no otra cosa la que guía a los muertos desde el Otro Mundo hasta aquí;
El cempasúchil sólo florece durante unas cuantas semanas en esta época del año, destacándose por su color vibrante y porque se deshoja sin esfuerzo. Los mexicas la llamaban «flor de cuatrocientos pétalos»; algo que no deja de llamar la atención, ya que el número cuatrocientos hace referencia al infinito en la cosmovisión mexica —como el mil hacía referencia al infinito en la cosmovisión árabe—, por lo que hablamos de una flor de infinitos pétalos; algo que está dotado de cierta poesía: ¿por qué hace falta que la flor tenga infinitos pétalos?, ¿es el infinito otra forma de hablar de la eternidad?
Al cempasúchil lo acompañan un montón de otras flores de diversos colores: la nube o velo de novia, blanca, delicada, destacada por su textura; el terciopelo o moco de pavo. Los claveles en todos sus tamaños y colores, por supuesto. Pero es posible también añadir otras: las rosas rojas, las caléndulas, los lirios, las gladiolas y las orquídeas; y en general, las flores preferidas de las personas a las que dedica la ofenda.
Y con ellas hacemos nuestros altares, siempre fragantes; creamos caminos, decoramos los dinteles y los sepulcros. Hacemos coronas que adornan el rostro y el cabello. Las plasmamos en las telas y en el papel picado.
He aquí los colores que definen al Día de Muertos: las flores de la temporada, con sus fragancias flotando en el aire.
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El año anterior creció una florecita de cempasúchil en el camellón de la colonia. Pequeña y casi sin hojas, se abrió paso entre la densa maleza y los pies de la gente que no respeta las áreas verdes. Floreció a mediados de octubre, justo en un espacio en el que la luz del sol se colaba entre las ramas de los árboles del camellón. Creció silvestre, una semilla llevada por el aire hasta un pequeño terruño donde hubo agua suficiente. Creció, además, opacada por las macetas de flores para la ofrenda que la vecina puso en su pórtico para vender y por los ramos de nubes que la tendera puso en cubetas. Aún así, alguien la cortó.

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