Después de un tiempo, uno mismo comienza a perder la capacidad de imaginarse sin el armazón, el propio rostro desnudo se figura extraño, demasiado expuesto; algo reservado a los momentos más íntimos de la vida: la primera hora del día, la ducha, las tardes de sueño de domingo, el llanto más intenso. (Y esta sensación posibilita el debate sobre sí usarlos o no durante las relaciones sexuales).
En la ficción los personajes que utilizan anteojos, como los llama Velma en Scooby–Doo, suelen ser muy listos o pasan mucho tiempo delante de la pantalla. Son hábiles y muy influyentes hasta que les quitas las gafas y se convierten en pequeños y despistados cegatones. En el anime, los lentes se utilizan casi como símbolo de influencia, de relevancia en la trama de una historia —y por mucho que lo intentemos, en la vida real, los cristales no reflejan a luz como se ve en la animación, destellando confianza y poder.
Las gafas son lo primero que se busca al despertar, porque sólo cuando los ojos se despabilan y se ajustan a la luz y a la sequedad del aire, el día puede comenzar; se colocan sobre la nariz y delante de las pupilas y nos olvidamos por completo del asunto, tanto que algunos entran a la ducha con los lentes puestos.
Los más entrenados pueden vestirse y desvestirse con ellos puestos, usar gafas de sol encima de los lentes normales, hacer ejercicio (en lo personal, nunca pude dominar por completo el arte de usar los lentes con la careta de esgrima). Los más hábiles no pierden los lentes ni siquiera cuando se emborrachan dos días seguidos y despiertan en una casa desconocida con el pelo enmarañado.
Dos cosas sí que se interponen en la cotidianeidad de los cuatrojos:
1. Las bebidas y comidas calientes, que empañan los cristales como un parabrisas. (A esto, claro está, añadimos los lentes empañados que producen las mascarillas). 2. La lluvia. Las gotas que se materializan sobre el cristal, como puntos ciegos blancos, ofuscando la mirada, hiriendo la esclera. Los ojos duelen cuando las pequeñas gotas manchan las gafas.
Y la única otra cosa que se hace molesta, aunque sí que es cotidiana, es la dificultad para recostarse con tranquilidad. No es posible tirarse en el sofá a ver el celular con los lentes puestos, mucho menos acostarse bocabajo.
La vista desenfocada es un asunto extraño, nunca deja de ser curioso como los colores, las formas y la profundidad de los espacios se distorsionan y se hacen confusos. Dos sillas se convierten en una banca y las hojas de un árbol se convierten en una mancha verde. El brillo del cabello o de los ojos, la blancura de los dientes, se apagan, pierden su vitalidad;
Con los lentes puestos la textura de la piel se hace realista, le llena de accidentes y de la belleza que la caracteriza; las formas se definen, el contorno de los cuerpos y de las formas se hace limpio y ordenado. Con los lentes puestos los colores adquieren nuevo y renovado brillo, el rojo se hace más intenso, el negro más profundo, el azul más limpio y uniforme. Las letras y los objetos pequeños se hacen accesibles y claros. Incluso la luz ilumina más, cubre más rincones, acaricia con más suavidad las paredes.


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