Este idioma, nuestro idioma, se ha ganado un lugar en los libros de historia a pesar de que hizo su aparición hace relativamente poco tiempo; v. gr.: es posterior a la religión católica, al imperio romano o la fundación de Japón. A través del así llamado imperio español, se extendió por el mundo y hoy juega un papel muy importante en el gran esquema de las cosas.
No celebramos la historia del imperio ni la invención de los diccionarios —que esto último sí deberíamos hacerlo de vez en cuando—, no celebramos la conquista y la colonización. Celebramos la existencia de vocablos como «lágrima», «vulva» y «vagabundo», celebramos expresiones como «hay que irnos yendo» y «vales pa pura chingada»; celebramos la letra ñ y los signos de apertura (¿, ¡), la diéresis y la sílaba «tla». Y celebramos el acto cotidiano de maldecir con sonoridad y contundencia, de poder decir «no» de forma seca. (Cf. «Marginalia»).
Y es que el lenguaje es una cosa curiosa, un artificio humano como pocos: está dotado de vida propia. Crece, evoluciona, se transforma y cambia —y eso no quiere decir que lo haga para bien—. Es similar a los caballos que corren desbocados o a los ríos que se crecen: las vallas y los diques no pueden detenerlos y las normas y las órdenes no pueden limitar los cambios que experimenta el idioma. No es posible que la voluntad de nadie imponga o cambie la forma en que decimos las cosas, porque el idioma tiene mente propia. Sólo podemos buscar la mejor manera de que esos cambios no hagan ininteligibles las palabras y que el español siga siendo más o menos uno en todo el mundo. Aunque esto último no tiene muchas proyecciones de éxito.
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Y en última instancia, el lenguaje es una herramienta de las muchas que utilizamos para aprehender el mundo, de la misma forma que el Sistema Internacional de Medidas, las matemáticas, la lógica formal, las leyes, la teología y el método científico; nos permite aproximarnos al mundo en que vivimos, comprenderlo un poco y comunicar a otros esas comprensiones. Requiere de cierto dominio y del conocimiento de [sus] reglas y cánones, en esto es un arte bello, como la pintura, la escultura, la danza o la arquitectura. Pero, como todo lo anterior, sigue siendo un medio imperfecto,
No es posible poner en palabras las experiencias más íntimas y dramáticas de la vida humana: el amor, el dolor y la muerte, a pesar de [nuestros] muchos intentos por lograrlo. Que levante la mano aquel que pueda describir indiscutiblemente un orgasmo, una pierna rota, una jaqueca, el primer beso, el reencuentro tan esperado con los seres queridos, la pérdida de un padre, el horror de la guerra. Los poetas han dedicado esfuerzos a captar con palabras la belleza de las dunas del desierto, de la niebla sobre los bosques, del ancho océano que se extiende delante de nuestros ojos; y el vacío en nuestros estómagos cuando presenciamos los más grandes prodigios de la naturaleza: el nacimiento de un nuevo ser, la erupción de un volcán, una rosa que florece en primavera; el silencio de un jardín una tarde de verano, la frescura del aire bajo la sombra de un árbol. El estruendo de una tormenta eléctrica. Es incluso más difícil hablar de las cosas que se escapan a las vivencias de nuestra especie: el silencio absoluto del espacio sideral, el calor en el interior de una estrella, el peso del agua sobre un cuerpo en el fondo del océano.
Y aún así, tenemos aquí uno de los más grandes logros que hemos alcanzado como especie: la habilidad de transmitir a través de la palabra, sin las rudezas de la lucha cuerpo a cuerpo. Y es un logro de nuestra especie porque el lenguaje (todos los lenguajes) es una creación conjunta, que nos involucra y atraviesa a todos de tal forma que cada quien puede hacer su pequeña aportación a un proyecto conjunto que sigue en desarrollo.
〈Esto, por supuesto, nos recuerda aquellas palabras de G. K. Chesterton:
«El lenguaje no es en absoluto una cosa científica, sino una cosa artística, algo inventado por cazadores, asesinos y otros artistas mucho antes de que la ciencia fuera si quiera soñada. La verdad es simplemente que la lengua no es un instrumento en el que se pueda confiar, como un teodolito o una cámara. La lengua es un miembro poco dócil, como la llamó el sabio, una cosa poética y peligrosa, como la música o el fuego»〉.
Mucho puede decirse sobre el español, «este ilustre dilecto del latín llamado la lengua española» (como lo llamaba Borges); pero esa discusión sólo concierne a los hispanohablantes y, por extensión, se hace en español. Podemos odiar el idioma o sentir fascinación por él —como la fascinación por las palabras que siempre hemos defendido en este humilde espacio—, pero no apartarnos de su esfera de influencia, no desconectarnos de los significados que lleva dentro. (Recordemos que un hombre que se aparta de los otros definitivamente es un monstruo y no un dios).
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G. K. CHESTERTON. (2020 [1904]). G. F. Watts. The project Gutenberg.


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